Durante años nos vendieron una idea bastante cómoda: que el mundo cambia, sí, pero “más o menos” dentro de un guion. Y luego… zas. Pandemia, teletrabajo masivo, cadenas de suministro en modo dominó, guerras en Europa, olas de calor que parecen de otro planeta. De repente, lo “inimaginable” se vuelve portada, conversación de bar y rutina.
El problema no es solo lo que pasa fuera. Es lo que pasa dentro: nuestra cabeza odia la incertidumbre. Necesita agarrarse a algo. Y cuando no puede, se pone dramática: o entra en negación (“bah, no será para tanto”) o entra en catastrofismo (“esto se va a pique”). En medio de esas dos, se nos cuela una tercera vía mucho más útil: entrenar la imaginación como si fuera un músculo. No para jugar a adivinos, sino para llegar con más reflejos.
Aquí entra una idea clave: imaginar el futuro no es “pensar” el futuro; es “simularlo”. En psicología lo llaman episodic future thinking (EFT): la capacidad de imaginar experiencias concretas que podrían ocurrir en tu futuro personal.
La diferencia es enorme. No es lo mismo decir “en diez años me gustaría estar bien” que verte despertando, notar el sitio, la luz, el cuerpo, el ánimo, y preguntarte: ¿qué es verdad en ese mundo que hoy no lo es? Ahí tu cerebro deja de hablar en abstracto y empieza a construir realidad.
Lo curioso es que mañana lo imaginamos fácil. Dentro de un año, con algo de esfuerzo. A diez años… parece que intentas agarrar humo. Y justo por eso el “salto largo” sirve tanto: te obliga a inventar detalles, y ese esfuerzo crea algo parecido a una memoria del futuro: una sensación anticipada que luego puedes usar como brújula para decidir hoy. No porque el futuro vaya a ser exactamente así, sino porque te ayuda a responder una pregunta brutalmente práctica:
“¿Quiero despertar en este mundo?”
Si la respuesta es “ni de broma”, ya tienes información. Y lo mejor: no te viene en forma de teoría, te viene en forma de sensación.
Otro truco muy potente del texto es el tema del horizonte de diez años. Es como un “zoom” mental. A corto plazo, todo parece urgente, y cuando todo es urgente, acabas haciendo menos (estrés, bloqueo, dispersión). En cambio, con una ventana más amplia, aparece algo que podríamos llamar “aire”: margen para planificar, iterar, fallar y corregir sin sentir que el mundo se acaba mañana. No es magia; es psicología básica: la percepción del tiempo cambia tu conducta.
Y aquí viene la parte divertida (y seria a la vez): los escenarios futuros. A mucha gente le suena a ciencia ficción, pero en realidad es una herramienta de planificación usada desde hace décadas: describir un futuro donde algo importante ha cambiado y ver cómo reaccionarías. No se trata de acertar. Se trata de ensayar. Como cuando haces simulacros de incendio: no porque quieras fuego, sino porque si llega, no te pilla congelado.
Por eso funcionan tan bien los “mundos al revés”: “los zapatos son gratis”, “ya no existe el cubo de basura”, “un impuesto brutal a envases no compostables”… Son disparadores. Tu mente empieza a buscar causas, consecuencias, incentivos, trampas, oportunidades. Y en ese proceso, lo que antes parecía absurdo se vuelve pensable. Eso reduce miedo y aumenta agencia: vale, sería incómodo, pero… podría moverme.
Hay otro punto que me parece oro: tu yo futuro te cae como un desconocido. De hecho, hay investigación en neurociencia que sugiere que al pensar en tu “yo futuro” el cerebro puede procesarlo parecido a pensar en otra persona (y eso explica por qué procrastinamos, ahorramos menos, nos cuidamos menos: ¿por qué sacrificarte por un extraño?). La solución no es castigarte; es hacerte amigo de ese yo futuro. Tratarlo con empatía. Y aquí la empatía “difícil” —la que requiere imaginación— se vuelve entrenamiento: si practicas entender vidas muy distintas a la tuya, también te sale más natural cuidar al tú de dentro de diez años.
Y por último, el giro más optimista del texto: los juegos. Porque el juego no es “perder el tiempo”; es una forma de aprendizaje emocional: te pone un reto, te da feedback, te enseña a pedir ayuda, a insistir, a tolerar la frustración. Eso alimenta lo contrario de la impotencia aprendida: la idea de “puedo hacer algo”. En un mundo que cambia rápido, esa sensación vale más que mil discursos motivacionales.
Al final, lo que propone McGonigal no es vivir en paranoia ni en fantasía rosa. Es algo más equilibrado: optimismo urgente. O sea: sí, vienen curvas; sí, hay riesgos reales; pero también hay margen para responder, prepararte, y ser útil. Y ser útil —a veces a una sola persona— es una manera muy concreta de dejar de sentirte espectador del caos.
Referencia (libro sobre el tema)
Schwartz, P. (1996). The Art of the Long View: Planning for the Future in an Uncertain World. Crown Currency.