Hoy en día parece que todo lo que hacemos tiene que servir para “algo”. Hacemos cursos para mejorar el CV, escuchamos podcasts para aprender algo útil, incluso vamos al gimnasio pensando en productividad. Y claro, la lectura no se salva: muchos la ven como un medio para “sacar conocimientos”, como si fuera un cajero automático de sabiduría. Pero leer puede ser, simplemente, leer.
Cuando agarras un libro y te sumerges en él durante horas, no siempre buscas llegar a la última página para tacharlo de la lista o presumir en Goodreads. No, lo disfrutas en el camino, en la trama, en los personajes, en la calma de estar presente en una sola cosa. Eso, en un mundo lleno de notificaciones, redes sociales y dopamina instantánea, es casi revolucionario.
La lectura, entonces, es un refugio contra el ruido. Es como darle vacaciones a la mente, aunque sea en medio del caos. Y lo mejor es que no se necesita justificar: no lees para ser más listo, ni para sacar ideas brillantes en el trabajo, ni para convertirte en alguien “mejor”. Lees porque sí. Porque te gusta. Porque ese rato contigo y el libro vale más que mil reels de Instagram.
Así que, la próxima vez que alguien te diga que “no tiene tiempo para leer”, recuérdale que leer no es otra tarea en la agenda: es un espacio de libertad en un mundo que siempre quiere acelerarte.
📚 Referencia
Manguel, A. (1996). Una historia de la lectura. Alianza Editorial.