Hay una idea que, cuando te cae encima, te cambia la forma de mirar casi todo: puede que no controles lo que te pasa, pero sí controlas la actitud con la que lo enfrentas. Y eso, aunque suene a frase de taza de desayuno, es en realidad una de las ideas más potentes de la logoterapia y del estoicismo.
La vida es bastante experta en quitarte cosas. Te quita planes, te quita certezas, te quita gente, te quita el control. Pero hay algo que no puede quitarte del todo: la capacidad de decidir cómo reaccionas por dentro. Ese pequeño espacio interior es como un territorio que nadie puede invadir sin tu permiso. Y ahí es donde entra la famosa “elección de la actitud”.
La logoterapia plantea que el ser humano no vive solo para sobrevivir, sino para encontrar sentido. No basta con respirar y comer; necesitamos un “por qué”. Cuando ese “por qué” aparece, incluso el dolor cambia de forma. No desaparece, pero se vuelve soportable. Se transforma en algo que empuja hacia delante en lugar de hundirte.
Aquí conecta de lleno con el estoicismo. Los estoicos hablaban de la famosa dicotomía del control: hay cosas que dependen de ti y cosas que no. Si te obsesionas con lo que no depende de ti, te rompes. Si te concentras en lo que sí depende de ti —tu respuesta, tu carácter, tu ética— te vuelves fuerte por dentro. No invulnerable, pero sí difícil de quebrar.
Imagina dos columnas.
En una están los eventos externos: enfermedad, crisis, pérdidas, injusticias. No dependen de ti.
En la otra está tu respuesta: cómo interpretas lo que ocurre, qué valores mantienes, qué significado le das. Eso sí depende de ti.
Ahí aparece la famosa “voluntad de sentido”. Es la capacidad de decir: vale, esto me ha tocado, pero yo decido qué hago con ello. No es optimismo ingenuo. No es negar el dolor. Es algo más serio: convertir el sufrimiento en materia prima para construir algo dentro de ti.
Cuando alguien logra eso, deja de ser solo una víctima de las circunstancias. Se convierte en el arquitecto de su respuesta interna. No controla el mundo, pero sí el modo en que el mundo lo atraviesa.
Y lo interesante es que la resiliencia, en este enfoque, no es volver a ser como antes. Es salir distinto. Más profundo. Más consciente. Más fuerte en lo esencial. El dolor no te deja igual; te obliga a redefinirte. Y si encuentras sentido en medio de ese proceso, el sufrimiento deja de ser puro caos y se convierte en una especie de transformación.
Hay una idea clave: el sufrimiento inevitable puede destruirte… o puede empujarte a trascender. Lo que marca la diferencia no es el dolor en sí, sino el significado que le das. Sin un “por qué”, el vacío se traga a la persona. Con un “por qué”, incluso la adversidad más dura se vuelve soportable.
Al final, la actitud no es un detalle superficial. Es la última propiedad que realmente posees. Todo lo demás puede cambiar, desaparecer o romperse. Pero ese pequeño espacio interior donde decides quién eres frente a lo que ocurre… eso es tuyo.
Y cuando entiendes eso, el sufrimiento deja de ser solo una carga. Se convierte, a veces, en una invitación a crecer, a profundizar, a encontrar sentido. No es bonito. No es fácil. Pero es real.
Referencia recomendada:
Frankl, Viktor E. El hombre en busca de sentido. Herder.