Vivimos en una época obsesionada con lo medible. Si no se puedecontar, pesar, graficar o meter en una hoja de Excel, parece que noexiste. Y sin embargo, cualquiera que haya escuchado una canciónque le eriza la piel, entrado en una catedral en silencio, o leído unanovela que le cambia la forma de ver la vida, sabe que hay cosasmucho más reales que los números.
El arte, la religión y la cultura no son simples adornos de lacivilización, ni hobbies elegantes para cuando ya está todo resuelto.Son, en realidad, formas de acceso a la realidad. No explican elmundo como lo hace la física o la ingeniería, pero lo revelan. Y aveces, lo que revelan es justo lo más importante.
La ciencia y el lenguaje técnico son increíbles para decirnos cómofuncionan las cosas. Pero cuando alguien pregunta qué significa vivir,sufrir, amar o morir, ahí los manuales técnicos se quedan mudos.Ninguna ecuación explica lo que es perder a alguien. Ningún informeestadístico captura lo que es sentirse perdonado. Ningún gráficodescribe lo que ocurre cuando una pintura, un poema o un ritualreligioso te golpean por dentro.
El arte nos enseña a ver lo que siempre estuvo ahí pero no sabíamosmirar. La religión intenta decir algo sobre el sentido último de todoesto. Y la cultura es el gran archivo vivo donde una sociedad guardalo que ha aprendido sobre el miedo, la esperanza, la culpa, elheroísmo y el amor.
Pensar que solo lo técnicamente formulable es real es como creer queuna persona es solo su análisis de sangre. Correcto… peroradicalmente insuficiente.
Estas formas —arte, religión y culturano compiten con la ciencia.Juegan en otra liga: la del significado, el valor y la experiencia vivida.Nos dan acceso a capas del mundo que no se dejan diseccionar, perosí comprender.
En el fondo, nos recuerdan algo incómodo para nuestra época: que elmundo no es solo un problema a resolver, sino también un misterioque habitar.